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domingo, abril 10, 2011

Cabritos, mámense ésta y piensen...está en El Mercurio de hoy

Carlos Peña
Domingo 10 de Abril de 2011
Los obispos y el abuso sexual

La declaración de los obispos emitida este viernes -sacaron las manos del fuego cuando se les empezaban a quemar- no soporta el escrutinio al que debiera someterse cualquier intervención de quien, cura, político o funcionario, ejerce poder. Las reglas básicas de la razón pública -coherencia, compromiso con los valores constitucionales, apego a los hechos- no se divisan en ella por parte alguna.

Es cosa de leer.

Con el Papa Juan Pablo II -expresan los obispos-, volvemos a afirmar: "Quienes abusan de niños y jóvenes no tienen lugar en el sacerdocio".

Todo eso está muy bien.

Pero ocurre que Juan Pablo II al mismo tiempo que declaraba lo que los obispos citan, erigía a Marcial Maciel -un pícaro que se decía casto, tenía dos familias, abusaba sexualmente de sus hijos y timaba a señoras crédulas- en un "ejemplo para la juventud". ¿Por qué la ciudadanía habría de confiar en las palabras de quien, junto con condenar el abuso, cometía errores tan crasos como acercar a los altares a un criminal? ¿En qué sentido alguien como Juan Pablo II -apenas lo sustituyó, Ratzinger condenó a Maciel- sería una autoridad que merecería ser citada en estas materias? Nadie aceptaría que en la esfera pública un político invocara en su auxilio la palabra de quien cometió tamaño error. ¿Por qué entonces debiera aceptársele a la Iglesia?

Increíble.

Pero no es todo. La declaración de los obispos continúa:

"Agradecemos, dicen los Obispos, la solicitud y prontitud de la Congregación para la Doctrina de la Fe en emitir una resolución en el caso del presbítero Karadima, sobre la base de la documentación enviada por el arzobispo emérito de Santiago, cardenal Francisco Javier Errázuriz".

La declaración erige a Errázuriz en una suerte de fiscal, gracias a cuyo celo se principió a cercar a Karadima. Pero nada de eso es cierto. Errázuriz hizo oídos sordos a las víctimas, y, a pretexto de proteger a la Iglesia, demoró las denuncias, rompió incrédulo las cartas que las contenían, desoyó a los sacerdotes honrados que se escandalizaron y sólo muy tarde -después de un programa de televisión y unas querellas- sacó un hilo de voz. ¿Por qué atribuirle méritos por el pronunciamiento del Vaticano a quien más bien lo demoró?

Incomprensible.

Pero la declaración sigue:

"Los obispos (...) de la Unión Sacerdotal del Sagrado Corazón han manifestado públicamente su cercanía con las víctimas, sus familias y todas las personas que por estos tan tristes acontecimientos han sufrido y se han escandalizado. Ahora, como Asamblea Plenaria -concluyen los obispos- todos con humildad nos adherimos a esta petición de perdón".

Esto sí que es inaudito.

Ocurre que los obispos formados por Karadima -Andrés Arteaga, obispo auxiliar de Santiago; Juan Barros, obispo castrense; Tomislav Koljatic, obispo de Linares; Horacio Valenzuela, obispo de Talca, y Felipe Bacarreza, obispo de Los Ángeles- a los que se alude de forma tan encomiable, son los mismos que firman la declaración.

Si nadie aceptaría que un político se citara a sí mismo exculpándose, ¿por qué aceptarlo de esos cinco obispos sin alegar un obvio conflicto de interés? Y todo ello descontado el hecho de que guardaron porfiado silencio hasta hace unos días. ¿Por qué la ciudadanía habría de creerles ahora cuando el único camino que les quedaba era hacer de la necesidad virtud?

No hay caso.

La Iglesia Católica chilena no logra estar a la altura del papel que reclama para sí misma en la esfera pública. Se quiere maestra de reflexión, pero se muestra incapaz de deliberar acerca de los deberes que, para creyentes y no creyentes, impone la participación en la vida pública. Si la declaración de los obispos fuera relativa a asuntos de fe -esas cuestiones en las que cada uno es soberano para creer lo que le plazca-, pase. Pero esta declaración -plagada de incoherencias, actitudes autoexculpatorias y conflictos de interés- se refiere a un tema público, donde, para pasar la valla, se requiere algo más que la cita de autoridad y ese tono de si es no es que se disfraza de prudencia.